martes, 13 de enero de 2015

Mentes feroces


“¿Matar o dejar vivir?” Me preguntó una persona que se presentó en mi despacho sin avisar. El aparentemente encantador ser que tenía a 60 cm de mi yugular era en realidad uno de los criminales más inteligentes que había conocido. Y ahora mi paciente más fiel.

Finalmente, intenté calmarme y ordenar mis ideas. Un amor prohibido irrumpe en mi mente como flecha en el cráneo –rápida y dolorosamente–. Tonadas de canciones reviven en mi esa sensación de libertad, me recuerdan que nadie me posee.

De un segundo a otro mi lado predador sale a dar una larga bocanada de aire contaminado de tensión, jugaba con la mente de su víctima a través de mí, me sentía culpable y orgullosa a la vez. Quería eliminar a alguien; más tarde besarlo con absoluta pasión.

Destrozaba mí alrededor. Ignorando y pronunciando palabras audaces que me daban la razón en ocasiones que creía que la batalla estaba pérdida. Me sentía poderosa.

Pasada la medianoche caí súbitamente en el mar negro de la realidad. Eso que hace segundos me hizo sentir fuerte, en menos de un minuto me haría sentir insignificante como una estrella menos en el cosmos.

“Es por tu bien” dicen. Algunos escuchan, otros actúan. Es decir, ¿Qué harías? si te dijeran que un dios creó el mundo y un par de horas más tarde, lees que el universo fue creado por el choque de dos partículas. Que hay una vida después de la muerte y luego que nuestros días en la tierra son realmente una visita al infierno. Si te dijeran que hubo monstruos que mataron personas inocentes y luego descubres que el mayor monstruo eres tú como ser humano.

 Quieres ser recordado, pero no tuviste la decencia de tomar en cuenta aquellas personas que se merecían una pizca de tu atención.

Un psicópata me dijo hace unos meses que, el arrepentimiento es absurdo. – ¿Por qué lo hiciste si no querías? Y ¿por qué te retractas si para ti era lo correcto en ese momento? Le di la razón e imagine qué pasaba por su mente. Dinero, éxito o la atención de las masas. Eso es lo que muchos quieren ¿no? Una máscara indiscreta hace la diferencia entre el bien y el mal.

“Entonces… ¿Cuál es tu respuesta?”

–Dejar vivir.

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