Salgo a caminar pasadas las 0:28.
Ese
instinto asesino que te quita el sueño y te sube la adrenalina al máximo, es el
responsable de muchas de las razones que te hacen actuar sin pensar. Gente
aduladora que dice comprender por lo que estás pasando sólo empeoran tu
estado de ánimo.
–Ese instinto
se agudiza–
Tiemblo, mientras la indiferencia de la gente me enfunda. Me cubren de pies a cabeza. –A lo lejos suena Lilitu de “Blueneck”–. La gente ignora lo que expreso, lo que
pienso no basta –sonrío falsamente– tal vez porque en el fondo sé lo que piensan.
Ahora sólo quiero volver a donde empezó todo, aunque sé que es imposible. Los odio a todos y de pronto me odio a mí misma. Quiero matarlos y luego deseo no estar
aquí... escribiendo esta carta.
No sé
si me entiendan, pero realmente no me interesa. –Respira y tranquilízate– pienso. A la vez que las lagrimas hacen un
esfuerzo por salir, pero no tienen éxito.
Aquello
que me motivaba a hacer cosas increíbles ya no existe –dime, ¿qué hacer?– no
hay respuesta de mi subconsciente.
Ansiedad,
frustración, molestia. La triada perfecta que describía mi manera de actuar. A
veces la gente habla y es cuando quiero, calmada y sinceramente decir –no me
interesa– largarme y sonreír orgullosamente.
“Me ha
costado cogerle el gusto al sueño” me dijeron. Fue entonces cuando recordé que
como decían mis maestros “dormir es para muertos”. Y si es así, para qué
recurrir al suicidio si ya estás muerto por dentro.
“Vive
tu vida y no bases tus acciones en lo que opinan los demás”. La humanidad
apesta, pero no puedo cambiar lo que soy... y amo lo que soy, a pesar de que no esté precisamente
orgullosa de lo que me he convertido.
Pero
puedo sobrevivir.

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