viernes, 21 de noviembre de 2014

Luces de amanecer.


Esta mañana cuando desperté sentí algo tan ambiguo que era difícil de explicar. – ¿Qué era?  – no lo sabía, solo quería salir y que después viniera a mi… más tarde, así fue.

Quedé en encontrarme con un amigo en su estudio. Llamé a la puerta y su ama de llaves me saludo con un abrazo, una sonrisa, en cambio yo era un desastre y estaba tan sorprendida como agradecida, la abrace intentando darle la misma calidez que ella me había dado –espero haberlo logrado–.

Entre al estudio de Tomás y estaba sorprendentemente vacío –él me invito– pensé. Me limité a dar unas cuantas respiraciones para aclarar mi mente; pronto me sentí cómoda e imagine mí alrededor como un lienzo en blanco, de casualidad encontré un lienzo desplegado en la pared central de medidas aproximadamente de 1.50x2. Me quite el reloj, la bufanda. Dejé mi bolso en el perchero.

Registré un poco las gavetas hasta encontrar unas acuarelas.

Me hice una trenza sencilla para quitarme el cabello de la cara y comencé a pintar la primera escena que vino a mi mente.

Mientras daba las primeras pinceladas pensaba en aquella conversación –“hay un sí y un no. Puede ser, quizá. Todo aquello es una negación, un engaño. No existe un término medio. No hay mentiras buenas mi musa de medianoche, mi nena inalcanzable”.

Aquel chico rebelde por el que aprendí a hacer realidad mis locuras. Beber vodka hasta el amanecer y luego conducir a la playa donde pasábamos la noche en una casa abandonada a 5km que pronto volvimos nuestra. Cantar en las plazas para ganar dinero y no trabajar horas extra… éramos el dúo dinámico.

¿Cómo aquel wildchild se había convertido en mi mejor amigo? Supongo que fueron de esos momentos que no se repiten, esa pasión que dura lo que dura la juventud –que en el fondo sé que no hemos perdido– es mejor así, esos son momentos que ni el Alzheimer me los hará olvidar –las fotos en la sala de mi casa me harían referencia–.

Es así como terminé por pintar el momento en el que conocí a mi alter ego masculino. La titulé “Luces de amanecer”.

Oigo pasos acercándose. Tom, el amigo del que les he estado hablando me rodeo la cintura con sus brazos mientras en sus manos sostenía la foto del momento que retraté.

Lo amo. Él es parte de lo que soy. Estos años lejos me hicieron darme cuenta de que el amor de verdad no es necesariamente de pareja y que no dependemos de alguien para ser feliz, sino que a veces necesitamos alguien que nos ayude a amar nuestras vidas.

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