Es miércoles por la noche… aunque parece viernes y son las
23:35.
Silencio amenazante se apodera de la angosta calle frente a mi
casa. Ni una sola hoja de los árboles se mueve, ningún auto pasa, no se oyen las
risas nocturnas habituales. Siento tensión, más de la que había sentido antes;
es inminente, da miedo, pero estoy segura que lo que hay detrás de ese silencio
es mucho peor.
“Aquel que pierde la esperanza renuncia a
la vida”. Pero ¿por qué recordé aquella cita?
Nuestro cerebro es capaz de captar las
mismas palabras de distintas maneras. ¿De donde viene el bien y el mal? uno de
los secretos del universo.
A veces me pregunto cómo esa fuerza
superior decide nuestra muerte. ¿Sera porque cumplimos nuestra misión en el
mundo? como dicen muchos ¿Karma, maldad, heroísmo, enfermedad, hambre y sed,
vejez, accidentes, desastres naturales, asesinatos… sobrepoblación?
Ahora solo quiero golpear el teclado y
gritar – ¡maldita humanidad! luego recuerdo que yo soy parte de ella y que no
toda la humanidad es detestable y no lo digo precisamente por mí.
Me he detenido a pensar si mis últimas
palabras serán –hasta mañana. O tal vez solo una mirada desesperada por vivir.
No lo sé y no quisiera saberlo, viviré lo que tenga que vivir.
Pero ese ruidoso silencio no sale de mi
cabeza, tan punzante como esa sensación que sientes de caerte cuando sueñas.
Seguramente el día del fin del mundo no
está definido, pero nosotros mismos estamos adelantando el reloj de arena con
nuestras acciones sobre el planeta.
Pocos saben lo que pasara mañana pero
mientras nos convertimos en polvo… seamos infinitos, vivamos como si
literalmente no hubiese un mañana, amemos con locura y busquemos la felicidad.

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