Ira, pura e innegable ira. Esa sensación que te hace actuar de una manera
malvada, las pequeñas cosas ya no te importan, las palabras están de más; el oxígeno
y la gravedad son lo único que te mantienen en el mundo.
En mi
cabeza todo se siente como fuertes golpes al tiempo que atravieso una marea
agitada, no sé cómo sobrevivo, no sé si me siento viva. Siento miedo, nauseas,
adrenalina, tristeza pero más que todo ira.
¡Idiota!
¡Imbécil! ¡Maldita sea, cállate! ¡Ya para de hablar! –Grité como si él pudiese
escucharme, ojala si pudiera, lo único que nos comunicaba era un teléfono– Estar
tan lejos se ha convertido en un molestia, he llegado a imaginarme sin él, pero
luego vuelvo a caer como sumisa a sus pies.
“Tal
vez me entregué a la persona equivocada, tal vez doy más de lo que alguna vez recibiré”
Le
quitaría las comillas si fuese algo que yo diría pero sería darme mucho crédito, yo no soy la mujer más detallista, ni la más femenina, tampoco la más
atenta. Aún cuando lo fui recibí tratos peores, entonces ¿para qué esforzarse?
No
puedo comprenderlo, él no es predecible, él es… diferente y eso me encanta,
pero no sé hasta cuando pueda soportar esto y yo soy de esas personas que cree
que las relaciones no tienen que soportarse, no sería algo espontaneo ni
placentero. Pero aquello es solo una opinión más en el mundo ¿no?
Lo
triste de todo esto es, que yo si soy predecible.
Estamos
en continentes distintos y él supo que mis lágrimas estaban por venir, eso hizo
que se escondieran, mis lágrimas no salieron, pero lo único que quería hacer
era eso, solo llorar, no emitir ningún sonido, solo dejarlas correr y
finalmente tratar de dormir.
Maldita
sea.
Caminaba
a medianoche por el pasillo estando sonámbula, cuando de pronto la voz de mi subconsciente
me despertó de golpe. Entonces el papeleo de mi cerebro comenzaba a organizarse
y a tener coherencia de nuevo.
Hace unos meses le dije a Kevin que podía
sentirme cómoda estando con dos personas a la vez, bajo el mismo techo y en la
misma cama. Dos hombres diferentes con una persona en común, yo. Tal vez menos
de 48 horas después aquel pensamiento pasó a ser eso, solo un pensamiento.
Me enamoré de todo lo referente a él, sus
ojos, sus manos, su sonrisa, su pene, los recuerdos, las experiencias, el sexo
y hasta las discusiones que hicieron de lo nuestro una relación más fuerte. Aun
después de discutir me preocupaba por él, parecía que a Mick también le
preocupaba. Al poco tiempo ya estábamos admitiendo nuestra inmadurez, riéndonos de lo que había pasado e imaginando aquello que nos convierte en seres tan particulares como un oso alvino en el ártico.
No éramos más que perros ladrando.

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