miércoles, 28 de octubre de 2015

48 horas

Ira, pura e innegable ira. Esa sensación que te hace actuar de una manera malvada, las pequeñas cosas ya no te importan, las palabras están de más; el oxígeno y la gravedad son lo único que te mantienen en el mundo.

En mi cabeza todo se siente como fuertes golpes al tiempo que atravieso una marea agitada, no sé cómo sobrevivo, no sé si me siento viva. Siento miedo, nauseas, adrenalina, tristeza pero más que todo ira. 

¡Idiota! ¡Imbécil! ¡Maldita sea, cállate! ¡Ya para de hablar! –Grité como si él pudiese escucharme, ojala si pudiera, lo único que nos comunicaba era un teléfono– Estar tan lejos se ha convertido en un molestia, he llegado a imaginarme sin él, pero luego vuelvo a caer como sumisa a sus pies.

“Tal vez me entregué a la persona equivocada, tal vez doy más de lo que alguna vez recibiré”

Le quitaría las comillas si fuese algo que yo diría pero sería darme mucho crédito, yo no soy la mujer más detallista, ni la más femenina, tampoco la más atenta. Aún cuando lo fui recibí tratos peores, entonces ¿para qué esforzarse?

No puedo comprenderlo, él no es predecible, él es… diferente y eso me encanta, pero no sé hasta cuando pueda soportar esto y yo soy de esas personas que cree que las relaciones no tienen que soportarse, no sería algo espontaneo ni placentero. Pero aquello es solo una opinión más en el mundo ¿no?

Lo triste de todo esto es, que yo si soy predecible.

Estamos en continentes distintos y él supo que mis lágrimas estaban por venir, eso hizo que se escondieran, mis lágrimas no salieron, pero lo único que quería hacer era eso, solo llorar, no emitir ningún sonido, solo dejarlas correr y finalmente tratar de dormir.

Maldita sea.

Caminaba a medianoche por el pasillo estando sonámbula, cuando de pronto la voz de mi subconsciente me despertó de golpe. Entonces el papeleo de mi cerebro comenzaba a organizarse y a tener coherencia de nuevo.

Hace unos meses le dije a Kevin que podía sentirme cómoda estando con dos personas a la vez, bajo el mismo techo y en la misma cama. Dos hombres diferentes con una persona en común, yo. Tal vez menos de 48 horas después aquel pensamiento pasó a ser eso, solo un pensamiento.


Me enamoré de todo lo referente a él, sus ojos, sus manos, su sonrisa, su pene, los recuerdos, las experiencias, el sexo y hasta las discusiones que hicieron de lo nuestro una relación más fuerte. Aun después de discutir me preocupaba por él, parecía que a Mick también le preocupaba. Al poco tiempo ya estábamos admitiendo nuestra inmadurez, riéndonos de lo que había pasado e imaginando aquello que nos convierte en seres tan particulares como un oso alvino en el ártico.


No éramos más que perros ladrando.





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