lunes, 2 de noviembre de 2015

Kilómetros

Hay cosas en la vida que solo se aceptan. A veces es amor que no nos conviene, a veces aceptamos las condiciones y las reglas de todos los demás. ¿Y qué hay de nosotros? Pues no se decirlo con exactitud, cada quien con su manera de reparar las cosas.

Eventualmente nos aceptamos a nosotros mismos… para mí, esa es una de las pruebas más difíciles de la vida, sin embargo, he aprendido a quererme y a apreciar las cosas pequeñas que veo, oigo, huelo y siento. “No todo lo que brilla es oro” dicen, pero todo lo que brilla crea una ilusión y sensación de esperanza.

No sé si se los había comentado pero suelo trotar más que todo cuando anda mal, la universidad, mi noviazgo, mi familia o algo con mis amigos. Pero no es eso a lo que voy, hoy antes de colocarme mis zapatos de correr y salir, tuve una discusión con mi novio que por muy tonta que hubiera sido ambos pensamos lo mismo, salir. Salir para evitar una pelea con gritos y demás parafernalia, él fue a su restaurante preferido después de pedalear en su bici unos cuatro kilómetros, yo no fui tan lejos.

El jardín es lo suficientemente grande como para trotar con comodidad y más aún cuando ya ha caído la noche. Suelo trotar con mi cachorro acompañándome y hoy noté algo peculiar, mi vecino hacia lo mismo… supe que estaba enfermo, superó el cáncer y no debe salir cuando esta asoleado por un tiempo. Al principio dudé y me dije –pero que falta de originalidad ¡eso es lo que yo hago! Luego puse los pies en la tierra y me corregí –esto no solo lo hago yo, no tiene nada innovador, además él lo hace por mejores razones que yo. Entonces fue cuando pensé –tal vez lo hizo porque me vio hacerlo, inspiré a alguien a hacer algo bueno. Todo eso pasaba en mi mente mientras yo lo veía fijamente –aunque estábamos como a 250 metros de distancia, él en la azotea del Pent House y yo en mi común jardín.

Si, lo podía ver al mismo nivel, mi casa esta sobre una montaña no muy lejos de un conjunto de edificios.

Pero lo mejor pasó cuando me descubrió observándolo. Parecía que de verdad me observaba, se sentía como si estuviésemos a solo pasos de distancia; entonces sonrió y me saludó antes de seguir con su rutina. Comenzó a llover y mi sorpresa al verlo haciéndome señales y luego agradeciéndome con una distinguida seña de juntar las manos y bajar la cabeza.

No lo creía y tal vez aun soy un poco escéptica, pero nada se siente tan bien como servir de inspiración para alguien.

Cuando volví a mi habitación mi novio se disculpó y hablamos de lo que nos hizo enfadar, él comprendió cesó la tormenta en mi cerebro. Luego de cenar y sin más que agregar, me besó, nos acostamos y pues… lo de siempre, coloco su pierna sobre las mías y me tomó por la cadera.

Ese día dormí como una pequeña osa, acurrucada entre sus brazos. Y pensar que hace menos de dos años los kilómetros entre nosotros parecían interminables.



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